El artista Theobald Breitsam aparece muerto en su taller rodeado de símbolos ocultistas. Su cuerpo está cubierto de heridas, ninguna ha sido causada por un arma blanca. Conrad, el verdugo de la ciudad, tiene como cometido ejecutar al culpable de brujería. Sin embargo no le acaban de cuadrar los hechos ni cree que el crimen sea tan sencillo como se lo plantean.
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